Silvio Rodríguez, embajador de Cuba en Cádiz

Transcribo una lectura reciente que me gustó mucho:

Si tuviésemos que nombrar al embajador cubano que más destacara por su universalidad cultural y por conseguir que en todas partes del mundo, personas de toda clase y condición, se emocionen. Si tuviésemos que elegir a un símbolo actual de la revolución cubana y del proceso social que se ha llevado a cabo en la isla, consiguiendo expandirse e influenciar a gran parte del mundo capitalista a pesar de la propaganda envenenada y del silencio mediático sobre las condiciones de vida de la isla, como el brutal bloqueo económico. Si tuviésemos que tomar la complicada e imposible decisión de elegir uno, aquel que por ética y compromiso, por sensibilidad y sentido crítico supusiese una imagen de la Cuba real. Aquella persona, que, en última instancia, supone una defensa del proceso cubano, asumiendo todas sus contradicciones. Sin duda, esa podría ser Silvio Rodríguez.

Recientemente, en la 45º Muestra cinematográfica del Atlántico, “Alcances”, celebrada un año más en Cádiz, se ha presentado una especie de biografía musical de este cantante, compositor y poeta, en suma, de este artista cubano. Guiados por las canciones de la nueva trova cubana, a la que contribuyeron la obra de Silvio junto con otros autores como Pablo Milanés, se nos presenta no sólo la vida y obra del artista cubano desde que se licencia del ejército revolucionario cubano a finales de los 60, sino una parte de la realidad cubana actual. Siguiendo a Silvio por una serie de conciertos realizados recientemente en los barrios más populares y humildes de La Habana, nos adentramos en las calles de la Cuba más auténtica, aquella que nos muestra un país muy humilde (tercermundista, podríamos decir) pero beneficiado por los avances en materia social de la revolución. Y precisamente Silvio decide desbordar allí su poesía, su música y su mensaje, junto al pueblo cubano más necesitado, el que más bebe sus letras; del que salieron sus canciones, aunque a nosotros lleguen a través de un simple trovador. Pueblo junto al que Silvio decide crecer, vivir y continuar creando, a pesar de las joyas -colores brillantes- que nos ofrece el capitalismo, en forma de espejismo que oculta la miseria y la barbarie.

Durante poco más de una hora, un trocito de Cuba estuvo en Cádiz, emocionándonos con sus canciones y con sus barrios y sus gentes. Porque cuando Silvio canta, callamos y escuchamos. Escuchamos a un pueblo, a un corazón, a una rebeldía -un fusil- y a un amor que, como plasmaría el Che, son inseparables. Porque revolución sin amor es como carcasa sin fruto, como maza sin cantera. Silvio nos transmite diariamente algo que Cuba ha comprendido, esperemos que por muchos años más. Ojalá.

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