¿Tenemos la vida que nos merecemos?

Los hombres que no amaban a las mujeres

Hace casi tres años que decidí escribir en este blog y hoy he recordado el motivo que me llevó a ello. En realidad quería expandir, en el sentido de liberar, mis ideas, mi exceso de energía que se manifiesta en forma de rabia, alegría, reivindicación pura y dura (y otras muchas formas en las que acostumbramos mostrarnos la mayoría de los mortales), esa energía que todos llevamos dentro y que debemos liberar de alguna manera. Decidí llamar al blog “Epidemiología y Salud Pública”, porque era y es mi área de conocimiento, a la que amo profundamente, y porque es tan multidisciplinar y diversa, que en realidad se puede escribir de cualquier cosa.

 Hoy he vuelto a sentir esa sensación de liberar sentimientos intensos que se me manifiestan de forma contradictoria, unas veces en forma de impotencia o rabia, otras en forma de euforia. Y es que en el avatar de nuestra existencia, de nuestras vivencias, ricas, si eres capaz de vivir intensamente, y adrede, como diría Mario Benedetti, siempre tratas de relacionarte e implicarte con la gente, con alguna gente, con la que te vas tropezando en el camino. Solo viviendo y relacionándote así, es cuando sientes el verdadero aprendizaje de la vida. Porque el implicarte en las relaciones personales exige comprender, conocer y ponerte en el lugar del otro y cuando ese otro no sabe conocerse a sí mismo, y se engaña continuamente, compruebas asombrada que tú sabes más de él, que él de si mismo. Es cuando descubres y adquieres enseñanzas inigualables, las que nos lleva a avanzar, a conocer más y más, y a desarrollarte como persona. Ese es el verdadero conocimiento, el que alcanzas con la práctica en la entrega día a día en todo lo que haces, cuando das sin pedir nada a cambio, es cuando se te da.

Hace algo más de tres años, logré curar una rinitis -y una jaqueca- psicosomática, ¡que se producía alternativamente!, a un “tipo” que conocí por casualidad, y lo curé porque saqué al mundo consciente lo que tenía en su mundo inconsciente y así pudo liberarse de su somatización…hace también tres años que le perdí la pista. Aún así, sé que no se curó de un mal aún mayor que tenía de fondo, del cual sus procesos psicosomáticos solo era una pequeña manifestación, su problema con los afectos: su incapacidad de amar y querer “a lo grande”. Es por eso que pronostico que su vida, salvo circunstancias muy favorables que le hayan podido ayudar a cambiar, será pobre en afectos, “léase” pobre en casi todos los aspectos de su vida. Porque cuando las personas, no quieren, no dan, no entregan valientemente a los demás, terminan recibiendo lo que “no cosechan”: Nada, terminan solos y no queridos.

 El amor, el de verdad, el auténtico, dice una buena amiga mía, exige mucha valentía y, por eso quien no es valiente en el amor, lo pierde, sin más. Curiosamente esta enfermedad de incapacidad se da más en los hombres que en las mujeres (desconozco las causas pero seguro que tienen que existir condicionantes sociales, culturales y económicos relacionados con la histórica dominación del hombre sobre la mujer que lo expliquen). De hecho, los hombres que no aman a las mujeres, tienen como base de su problema un lastre de machismo que no pueden evitar quitarse de encima.

Tres años después, por desgracia, he vuelto a encontrar a un “tipo” que me vuelve a recordar esta patología de la incapacidad de amar. Solo se diferencia del anterior en su edad. El primero era muy joven, este segundo de más edad. En epidemiología decimos que el tiempo y la edad es un elemento, o una variable, importante para el análisis de nuestro problema de salud (y este sin duda lo es). Así, lo que pronosticas en un individuo muy joven, que tiene casi toda una vida por delante, se vuelven coincidencias en otro que ya lo ha vivido casi todo. Para este último se hace casi innecesario pronosticar, solo es cuestión de repasar y enumerar su rosario de derrotas afectivas y la muestra palpable de su acuciante soledad.

La inteligencia  se crea y se desarrolla con la experiencia, que es algo más que adquirir  conocimientos o tener una aceptable o suficiente capacidad de abstracción. La experiencia es, sobre todo, su aplicación coherente a la práctica, la nuestra, la del día a día que conseguimos en nuestra relación y comunicación con los demás. En ser capaces de entender a ese otro que habitualmente es tan diferente a nosotros. Y en ese proceso de relación afectiva profunda desarrollamos nuestra capacidad de amar que tanto enriquece al ser humano, tanto, que sin ella, no hay verdadero conocimiento, verdadera sabiduría.

Es curioso que, al menos, en estos dos casos, ambas personas se creyeran con una inteligencia superior a lo normal, cuando en realidad ésta dejaba mucho que desear. Cómo si no esa incapacidad de autoanalizarse, de ser capaz de sacar a la luz toda la verdad de sus propias contradicciones. Cómo si no ese ejercicio de ceguera, de ignorancia de lo que es su propia existencia, y por tanto de evitar y analizar sus consecuencias que les hacen imposible dirigir sus propias vidas afectivas. ¿Cómo se puede desarrollar la inteligencia y el buen hacer si ni siquiera podemos analizar y corregir nuestras propias limitaciones? La humildad es la virtud que alaban mucho los demás pero que tiene como principal ventaja, en las personas que la disfrutan, el que los hacen capaces de cambiar, de corregir, de modificar sus errores. Y, sobre todo, cómo nos podríamos desarrollar y enriquecer si no queremos ni somos queridos.

Que nadie se lleve a engaño. A pesar de todo lo dicho, doy fe de que, al menos en mi larga trayectoria vital, he encontrado hombres con una capacidad de amar sobresaliente, no uno ni dos sino algunos más, que no es poco. Hombres valientes que dan sin apenas pedir, que entregan y  aman a lo grande, y por ello sus vidas son de una envidiable coherencia personal y social, de una inteligencia tan grande como su corazón. Y al igual que aún tengo esperanza en la humanidad, en la posibilidad de que los pueblos pueden ser dueños de su destino, también lo tengo en los hombres, y mujeres, auténticos, coherentes en su vida personal y social, porque como  diría Bertolt Brecht, esos hombres y mujeres son los imprescindibles.

 

4 comentarios to “¿Tenemos la vida que nos merecemos?”

  1. Bien, Chiqui, bien. De acuerdo contigo, muy de acuerdo.
    Un beso

  2. Como ya te comenté en nuestra conversación telefónica, estoy totalmente de acuerdo con tus reflexiones, sólo puntualizaría que también existen hombres , que aunque si tienen la capacidad de autoanalizarse, son conscientes de sus propias contradicciones, pero son incapaces de cambiar, o en cierto modo les interesa seguir esa trayectoria de vida (puro egoismo).
    Al igual que tu, yo también he tenido la suerte de encontrar en el camino de mi vida a algunos hombres “VALIENTES”, pocos si te soy sincera, pero autenticos.
    Aquí te dejo una frase que leí hace algún tiempo y está relacionada con el tema que nos ocupa:
    “La pena más grande es reconocernos a nosotros mismos como la única causa de todas nuestras adversidades” (Sófocles)

    Besitos
    Marisa

    • Totalmente de acuerdo con tu puntualización. En esta especie tan rica en variedad como somos los humanos (y no humanos) existe una gran y sutil gama de personalidades, y sobre este “género” igualmente.

      Gracias por tu comentario,
      Chiqui

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