EL PENSAMIENTO CAUSAL EN EPIDEMIOLOGÍA.

Introducción histórica

La Epidemiología es la ciencia que estudia la salud y la enfermedad de las poblaciones, indaga sobre sus determinantes y sobre las medidas de intervención más adecuadas. Su desarrollo teórico ha estado influenciado por distintas corrientes con visiones no siempre coincidentes a la hora de interpretar y orientar su praxis, las investigaciones a realizar y, por tanto, sus propuestas metodológicas, lo que en su conjunto supondría su cuerpo teórico.

Bajo el movimiento racionalista, y empirista, se producen grandes avances científicos que comenzaron en el siglo XVII y se desarrollaron a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Se descubre que la naturaleza está regida por leyes que se pueden predecir y medir por medio de la física mecánica y de las matemáticas, cuyos mayores representantes fueron Galileo Galilei (1564-1642), Johannes Kepler (1571-1630) e Isaac Newton (1643-1727). La hegemonía de estas dos ciencias (modelo galileo-newtoniano) sobre el resto de las disciplinas científicas fue indiscutible hasta bien avanzado el siglo XIX. Se consideraba que las causas de todos los fenómenos, sobre todo de la naturaleza, se podían explicar y medir, y planteaba que es necesario que esté la causa cuando aparece el efecto (causa necesaria), que siempre que existe la causa está el efecto (causa suficiente), y que no existe uno sin la presencia del otro (causas necesaria y suficiente). Este modelo causal, llamado de forma crítica mecanicista y determinista, está representado en las ciencias de la salud a finales del siglo XIX por la teoría del contagio de Koch que explica el proceso de las enfermedades infecciosas,  por el contacto del agente -el  microorganismo patógeno-, con un individuo o huésped susceptible (López-Piñero, 1985). El agente (unicausal) es causa necesaria y suficiente del efecto o  enfermedad infecciosa en el huésped.

En esta época de importantes cambios políticos, económicos y sociales surgen grandes y brillantes pensadores en las diferentes ramas de la ciencia, y los descubrimientos científicos se expandieron como antes nunca, a excepción de la revolución neolítica (Childe, 1954). Coincidente en el tiempo se puede decir que se produce una verdadera escisión, un cisma entre las ciencias experimentales –naturales- y las ciencias sociales que aboca a una falta de entendimiento entre ambas y que continúa en la actualidad. La medicina sería una de esas ciencias que se encontraban entre ambas tendencias, existiendo sanitarios que abogaban por el estudio de “lo social” para entender las enfermedades, la entonces llamada medicina social, y los que se interesaban más por la parte interna y estructural (mecánica) del origen de las enfermedades lo que se llamaría medicina clínica (Waitzkin, 1981). Muchos otros autores, sin embargo, aunaron en su carrera científica ambas corrientes, sobresaliendo Rudolf Virchow (1821-1902) uno de los máximos exponentes del movimiento revolucionario de 1848 en Alemania, quien plasmó en una de sus obras la comprensión y el análisis de las condiciones sociales en el origen de algunas epidemias de su época, como la del tifus exantemático en la Alta Silesia (Virchow, 2006), a la vez que  ya destacaba por sus importantes contribuciones en el avance del conocimiento íntimo del proceso patológico, siendo considerado el fundador de la patología celular. En la actualidad es curioso observar cuando se estudia su biografía que solo se señala la vertiente más clínica de sus descubrimientos científicos mientras que sus contribuciones al análisis social de las enfermedades son consideradas como una faceta de su militancia política. Pero el mismo Virchow lo decía: “La medicina es una ciencia social y la política no es más que medicina a lo grande” (Rosen, 1984).

En este periodo, y bajo las corrientes racionalista y empirista, se superan los pensamientos escoláticos, y en algunos casos idealistas, de los siglos anteriores, produciéndose los avances científicos y del conocimiento en todas las ciencias ya comentados. La preponderancia del modelo galileo-newtoniano, que coincidió con el distanciamiento (o falta de entendimiento) entre las ciencias naturales y sociales, explicaba bastante satisfactoriamente los retos de la ciencia que se desarrolló. Pero a comienzos del siglo XX se produce su primera gran crisis, precisamente dentro de la disciplina que la vio nacer, la de la física. La teoría de la relatividad y la física cuántica contradicen algunos de los postulados deterministas de la física mecánica. Cuando esto ocurre, es curioso constatar que la tendencia es la de oscilar, como un péndulo, hacia los pensamientos más idealistas o teleológicos para “explicar” las causas de los fenómenos aún no conocidos, a rechazar de plano lo avanzado en el pasado e “inventar” el presente y el futuro. Así, Thomas Kuhn (1922-1996) sintetiza claramente su pensamiento cuando señala “…las revoluciones científicas se consideran aquí como aquellos episodios de desarrollo no acumulativo en que un antiguo paradigma es reemplazado, completamente o en parte, por otro nuevo e incompatible”(Kuhn, 1980). Esta visión es, a nuestro entender, idealista y poco dialéctica, ya que el desarrollo acumulativo del conocimiento humano no es solo necesario sino imprescindible, pues sin éste no podría haber posteriormente un salto cualitativo, una revolución científica.  Como dice Pérez Hernández, no estamos ante una incompatibilidad, como afirma Kuhn, lo que realmente ocurre es que el “nuevo paradigma” supera e invalida el viejo, pero únicamente en el nuevo campo que se abre, en la nueva situación que se ha creado. Ahora bien, esta invalidación tiene unos límites que la circunscriben, (fortaleciendo) fuera de los cuales el nuevo “paradigma” adquiere la forma de lo viejo y al mismo tiempo se fortalece la validez del antiguo “paradigma” en su propio terreno. La ciencia no da saltos en el vacío; lo viejo (digamos la mecánica de Newton) adquiere ante lo nuevo (digamos la relatividad y la mecánica cuántica), y gracias a lo nuevo, la validez, rigurosidad, precisión y delimitación exacta del alcance de sus postulados, de las que carecía anteriormente. O con sus propias palabras, “Solo lo nuevo puede precisar más y mejor los limites de lo antiguo (Pérez Hernández, 1989),

En las ciencias de la salud, en estas primeras décadas del siglo XX se explican las enfermedades, que siguen siendo fundamentalmente infecciosas, a través del concepto de “Cadena Epidemiológica”, en la que, a los elementos del germen y huésped de la teoría de Koch, se añade el ambiente, planteándose que éste es esencial para entender la vulnerabilidad o la resistencia del huésped y la situación del agente respecto al huésped, y que para explicar la distribución de la enfermedad en las poblaciones, debemos investigar qué factores afectan a la susceptibilidad (Galdston, 1954). Pero la medicina de mediados del siglo XX, inmersa de lleno dentro de las ciencias experimentales, no es ajena a las limitaciones de las corrientes más deterministas de los siglos anteriores, acentuando la crisis de este modelo su incapacidad no sólo para estudiar y tratar las enfermedades infecciosas (que siguen prevaleciendo en amplias zonas del mundo) sino, y especialmente, para avanzar en el conocimiento de las enfermedades crónicas que emergen fuertemente como los principales problemas de salud en los países más industrializados. Así surgen nuevas teorías dentro de la Epidemiología, las llamadas teorías multicausales (años 60 del siglo XX), que se caracterizan por plantear asociaciones múltiples e incorpora la lógica de probabilidades en la relación de las posibles –y múltiples- causas de las enfermedades y su prevalencia y distribución en las poblaciones Al concepto de causa suficiente y necesaria de Galileo se le añade el concepto de causas componentes: aquellas que conforman una causa suficiente. Los principales exponentes de estas teorías fueron MacMahon con su modelo de la “tela de araña” (maraña de causas -sinérgicas, aditivas o antagónicas- y maraña de efectos), o Rothman, con su modelo “de las tartas de Rothman(MacMahon, Pugh, y Pisen, 1960; Rothman, 1986).

Pero a pesar de estas nuevas propuestas, la escisión antes comentada entre “dos tipos de ciencias” hace que dentro de la Epidemiología se sigua observando un enfrentamiento entre los postulados más biologicistas (también llamados biomédicos) y los sociales. Así, en los años 60 y 70 del siglo XX, surge la teoría de la producción social de la enfermedad o “Economía política de la salud”, principales representantes actuales de los postulados de la medicina social en el pasado, siendo sus autores más significativos, entre otros, Vicente Navarro y Jaime Breilh (Vicente Navarro (1975; 1986); Jaime Breilh, 1988). Este modelo de causalidad considera los determinantes económicos y sociales como esenciales en el estado de salud-enfermedad de las poblaciones, responsabilizando a las instituciones políticas y económicas de los privilegios y desigualdades de las clases sociales, causas raíces de las desigualdades sociales en salud. Por ello, esta teoría basa las intervenciones en corregir estas injusticias sociales a través de una organización popular y la participación comunitaria. Sus razonamientos coinciden con el conocido argumento de McKeown, sobre cómo los factores económicos y sociales han sido decisivos en la mejora de salud de las poblaciones en el pasado en Inglaterra y Gales y que, por tanto, las intervenciones e investigaciones deben centrarse en dichos factores (McKeown, 1982; 1990). Como plantea Nancy Krieger,a pesar de sus contribuciones inestimables para identificar los determinantes sociales de la salud de las poblaciones, esta teoría de la producción social de la enfermedad proporciona pocos principios para investigar lo que estos determinantes están determinando”, los mecanismos intermedios que conducen hasta la enfermedad, o dicho con sus palabras “la biología es opaca” (Krieger, 2001).

Tratando de aunar los postulados más “biologicistas” con los sociales surgen las nuevas teorías ecosociales: el modelo ecosocial de Krieger (Krieger, 2001), la ecoepidemiología de Susser (Susser y Susser, 1996; Susser y Susser, 1996) y los sistemas socioecológicos de Mc Michael (McMichael, 1999). Estas teorías plantean distintos niveles o planos en la explicación de las causas de las enfermedades y el dinamismo o cambios entre dichos niveles desde lo individual a lo poblacional o ecológico, tratando de comprender fenómenos únicos en relación a los procesos generales. Además, estos modelos incorporan imágenes que ayudan, como las metáforas, a visualizar sus propuestas teóricas. Los marcos “ecosocial” y de “sistemas socioecológicos”, como indican sus nombres, tratan de señalar la importancia de los procesos económicos, políticos y sociales en los patrones de enfermedad de las poblaciones. Además, el modelo ecosocial de Krieger se centra en “quién y qué dirige (conduce) los actuales y cambiantes patrones de las desigualdades sociales en salud” coincidiendo con la perspectiva de la producción social de la enfermedad en responsabilizar a las instituciones políticas y sociales de las desigualdades sociales en salud pero sin dejar de analizar los niveles biológico y ecológico (Krieger, 2001).

Participando plenamente en las propuestas que tratan de relacionar lo biológico con lo social –o viceversa- en el análisis epidemiológico de los problemas de salud, este artículo trata de reflexionar y desarrollar estos aspectos teóricos que son, en definitiva, los que nos guían en la praxis e investigaciones y en el avance del conocimiento de la salud de las poblaciones humanas.

El análisis causal en Epidemiología.

Entendemos que el análisis de las causas de las enfermedades –o de la ganancia de salud positiva- es el núcleo del progreso del conocimiento para el conjunto de las disciplinas relacionadas con la salud humana. Ya que entender las causas, o al menos avanzar en ellas, nos orienta en las intervenciones.

Se acepta comúnmente que no existe nada que esté completamente aislado del resto de las cosas del mundo, que pueda sustraerse a las influencias exteriores, lo que se traduce en que, actualmente, asistamos a un acuerdo casi unánime, al menos teóricamente, sobre el origen multicausal del proceso de la enfermedad. Pero no es menos cierto que encontramos –al igual que ocurre con otras disciplinas- que dentro de las corrientes más holísticas se polarizan los análisis hacia el otro extremo, pasándose del empirismo y el determinismo que absolutiza lo singular, al dogmatismo que absolutiza lo universal, las relaciones.

Habría que ir más allá de los dos paradigmas o modelos que se han planteado como contrarios en el campo de la salud (y en muchos otros), el “biomédico” y el “social”. El primero insiste en la importancia de las causas biológicas e intenta desentrañar éstas en los distintos niveles del interior del organismo (órgano, célula, macromoléculas,…) y el segundo insiste en las causas sociales, en las agresiones que para la salud suponen los procesos de interacción humana (cultural, social,…) dentro de un determinado contexto económico y político. Sin embargo, ambos modelos causales, pese a sus discursos tan aparentemente diferentes, tienen nexos en común. Indagar solo en las causas biológicas y, a lo sumo, relacionarlas con algún factor –o factores algunas veces enmarañados- del exterior es claramente insuficiente para entender el proceso de la enfermedad, pero explicarlo como una red  o interconexión de causas y efectos (aunque se etiquete de social) tampoco resuelve el problema.

Así, el movimiento que surgió en varios teóricos de la epidemiología ensalzando los entramados de relaciones causales, tiene mucho que ver con lo ocurrido con otras disciplinas tan dispares como la física, la psicología o la propia filosofía (MacMahon et al., 1960; Buck, LLopis, Nájera, y Terris, 1988; Capra, 1996; Capra,1998). Sin embargo, desde la propia epidemiología estas propuestas han sido cuestionadas (Krieger, 1994), y señalaremos que en realidad dicha tendencia no hace más que repetir las ideas de la  concatenación universal o ley de interrelación universal de F. Konstantinov. En dicha ley lo que sobresale son las relaciones mutuas entre los objetos o entre los individuos y deja oscurecido el papel que juega cada uno de ellos, lo que N. Krieger expresaba como “la biología está opaca” (Krieger, 2001). Sostiene, además, que la esencia de la dialéctica es la interacción universal, las concatenaciones, los nexos y que los cambios son provocados por causas externas, escamoteando el hecho de que lo interno es lo que prima sobre lo externo, ya que a partir del estudio de lo individual, de sus interacciones es como podemos explicar las transformaciones, los cambios cualitativos, distinguiendo después fácilmente lo  individual de lo general o universal (Konstantinov, 1975; Pérez Hernández, 1989). Por tanto, reducir el aspecto esencial de la causalidad a la conexión e interconexión de las causas y los efectos supone elevarlos  al nivel de los materialistas mecanicistas del siglo XVIII, cuyo engendro casuístico fue el diablillo de Laplace. Ya F. Engels planteaba que para entender los fenómenos tenemos que separarlos de la interacción universal y considerarlos aisladamente, y solo entonces aparecen los movimientos cambiantes, uno como causa, el otro como efecto. Disolver las causas y efectos  (válidos cuando se consideran los fenómenos aisladamente) en el mar de las “conexiones universales”, es degradar a la dialéctica a la calidad del mecanicismo más estrecho (Engels, 1978).

Causas internas y causas externas

Proponemos, pues, partiendo primero de un planteamiento general, que la aparición de las enfermedades es el proceso de configuración de las causas internas (de la biología de los seres humanos) y de las causas externas (del ambiente del cual los procesos sociales forman un componente esencial). No se puede abstraer el conjunto de causas sociales -o externas- de la enfermedad sin recalcar que ésta es un proceso biológico, material, y que en la lesión (celular, bioquímico, molecular,…) de nuestros “cuerpos materiales” es donde confluyen y se manifiestan las agresiones externas del medio. En esta visión materialista, pero también dialéctica, de las influencias de los determinantes del medio sobre la conformación biológica debemos también aclarar que las contradicciones internas son la causa principal del cambio, mientras que las contradicciones externas forman las condiciones necesarias para que dicho cambio se realice. Sin embargo, es esencial dilucidar la relación que se produce entre ambos tipos de causas en el mecanismo de la enfermedad, ya que nos permite conocer en cada caso concreto las consecuencias más importantes de dicha relación, qué aspectos de nuestro organismo resultan alterados por las causas externas y cuáles no –y porqué- y el ritmo de dicha alteración, si la aceleran o la frenan. En definitiva, solo cuando se conoce dicha relación podemos empezar a entender los motivos y los mecanismos de producción de la enfermedad.

Desde el punto de vista de la Epidemiología nos interesa especialmente este concepto de lo interno y de lo externo, y de lo singular y lo general o global. Así, cada fenómeno o proceso es parte de otro más amplio, pero en ningún caso se trata de un simple factor de éste último, pues lo cierto es que los “sistemas” no son nada sin sus partes, no solo por su constitución y estructura, sino principalmente por su origen. La práctica del hombre, por principio y por necesidad, tiene como punto de partida y como blanco de sus actividades las cosas singulares. El conocimiento avanza obligatoriamente de lo individual (el objeto) a lo universal (la infinidad de objetos) para, posteriormente, regresar de nuevo al objeto como culminación del pensamiento. El hombre practica con las cosas universales únicamente a través de las cosas singulares (práctica), y es gracias a la manipulación de estas últimas como llega a conocer lo universal (teoría), elevando así su conocimiento (Pérez-Hérnandez, 1989; -García,  1982).

Sin embargo, no hay duda –o no debería haberla- que atajar o incidir sobre las causas externas es prioritario para tratar de corregir los problemas de salud en los individuos, o, dicho de otro modo, poco se puede hacer sobre las causas internas que producen la lesión o patología cuando inciden sobre ese cuerpo biológico una serie de causas externas (que lo condicionan). Ya que las causas externas siempre actúan por medio o a través de las causas internas, y que su importancia se remarca por la forma o intensidad con que las alteran o modifican. Además, la susceptibilidad o vulnerabilidad a las agresiones externas de ese organismo biológico es producto de su “historia”, de la filogenia de ese individuo, más o menos fortalecido como resultado de su evolución y supervivencia tras los avatares de sus predecesores, de todas las generaciones anteriores, con su medio. Por tanto, esta interacción causal  tiene una vertiente histórica, ya que nuestra biología se ha constituido tras miles de años de adaptación a las influencias del medio natural y social (Cordón, 1981). Actuar para que las agresiones del medio –físico, biológico y social- sean mínimas sobre las personas es esencial para que la población sea menos enferma, y más sana, y, sobre todo, para que las generaciones futuras salgan más fortalecidas del “intento”.

La Epidemiología, como ciencia que estudia la salud y la enfermedad de las poblaciones, debe considerar la importancia del desarrollo de nuestra biología como especie en dicho proceso dialéctico de adaptación histórica, tanto genotípica como fenotípica, y a su vez la relación de los individuos y los grupos entre ellos y con su medio. Y para ello debe nutrirse de las aportaciones tanto de las ciencias biológicas (bioquímica, genética, ecología, etc.) como de aquellas procedentes de las ciencias sociales (economía, historia, sociología, etc.).

Sobre el desarrollo del conocimiento científico: Conclusiones

Plantear un modelo es ir elaborando un marco teórico, un conjunto de principios que nos ayuden a la investigación y a la acción y, en definitiva, que nos oriente a la hora de la comprensión de los fenómenos en el campo de las ciencias de la salud humana. El desarrollo teórico de nuestra disciplina, que incluya los análisis de los aciertos, pero también de los errores, es siempre necesario para emprender el futuro mejor preparado (pertrechado). En esta primera aproximación teórica he intentado realizar una visión general de uno de los núcleos fundamentales de la epidemiología (y en realidad de cualquier disciplina), el problema de la causalidad.

Un primer aspecto que he querido resaltar es lo incuestionable del desarrollo del conocimiento humano, con sus avances y retrocesos, de los cuales, dentro de estos últimos, yo subrayaría la gran escisión de las ciencias naturales y sociales. Qué duda cabe que muchas de las teorías científicas que se han planteado en la historia de dicho conocimiento han resultado ser falsas y especulativas, pero muchas otras han podido ser constatadas (y contrastadas) en la práctica a los largo de los años, así como completadas y perfiladas por nuevos descubrimientos científicos.

En este sentido no podemos estar de acuerdo con las rupturas del conocimiento a través de sus paradigmas y sus correspondientes revoluciones científicas (Kuhn, 1980;-Capra, 1996). Que el avance del conocimiento da saltos cualitativos tras un lógico progreso cuantitativo no quiere decir que lo nuevo sea incompatible, o no sirve, con respecto a lo viejo (Rosen, 1958). Diferente es demostrar que determinadas teorías, postulados o creencias resulten erróneos a la luz de nuevos hallazgos. Uno de los  problemas prácticos de los paradigmas, tan utilizado por los teóricos de muchas disciplinas, es que confunden precisamente esta cuestión equiparando teorías erróneas con teorías ciertas –cuando éstas no explican el fenómeno analizado en todas las situaciones o contextos-. Por ejemplo, la teoría miasmática de Sydenham y Lancisi fue rechazada e invalidada por la teoría del germen de  Koch que comenzó a explicar plenamente el proceso de la enfermedad infecciosa en su contexto biológico. La validez de la teoría del germen puede ser equiparada a las leyes de la física mecánica o con la geometría euclidiana.

Es evidente hoy día que entender las causas de las enfermedades infecciosas de las poblaciones requiere considerar otros condicionantes en contextos no cercanos al individuo, completando el análisis de sus causas a un nivel superior, pero no por ello se invalida la teoría del contagio de Koch. De la misma forma podríamos decir que entender la teoría de la relatividad o la geometría fractal no significa más que integrar los conocimientos anteriores de la física mecánica o de la geometría euclidiana, que no solo no dejan de ser ciertas sino también necesarias para dar luz a todo el proceso y entendimiento al fenómeno que estudiemos, ya sean los problemas de salud de una comunidad, ya sean los movimientos de las partículas o la arquitectura fractal.

Creo que en nuestra disciplina este error ha llevado a despreciar o a obviar los mecanismos biológicos como esenciales para el entendimiento de la enfermedad, cayendo en lo que precisamente se criticaba: el mecanicismo y determinismo simplista que en demasiadas ocasiones encontramos en la investigación biomédica. Señalé que tanto dentro de la filosofía como en otras ciencias, es habitual esta oscilación que pasa del determinismo que absolutiza lo singular al dogmatismo que absolutiza lo universal. Superar esta dualidad implica explícitamente reconocer, coincidiendo con otros autores (Krieger, 2001; Susser, 1991; Cruz-Rojo y García-Gil, 1997; García-Gil, Cruz-Rojo, Álvarez-Girón, y Solano-Parés, 2004). la posibilidad de diferentes niveles o grados de organización en el estudio de las causas de las enfermedades. Diferentes escalas hacia el exterior y hacia el interior del organismo humano, en el que partiendo del individuo vamos ampliando o reduciendo el enfoque, y analizando los determinantes de los procesos de la enfermedad. Decíamos que solo partiendo de lo individual, del objeto –en nuestro caso el organismo humano-, que es  donde se funden las contradicciones, las interacciones, tanto las internas como el efecto que sobre éstas ocasionan las externas, podremos entender y caracterizar lo singular, lo general y lo universal, lo común (Pérez-Hernández, 1989).

La epidemiología como ciencia que estudia la salud y la enfermedad de las poblaciones, tiene como objeto de estudio al grupo, a la colectividad. Por tanto, en el estudio de la causalidad debemos preguntarnos, como ya se preguntaba G. Rosen, ¿por qué unos grupos de población tienen más riesgo de enfermar que otros?, ¿cuáles son los condicionantes (las agresiones externas) que están influyendo en estas diferencias? (Rosen, 1994). Debemos también especificar en qué contexto realizamos el análisis, en un grupo social, en una comunidad o barrio, en un área o región cultural específica. En definitiva, como nos planteaba M. Susser, debemos considerar a qué nivel de organización estamos operando cuando realizamos un estudio epidemiológico (Susser, 1971).

Destacar también que en el análisis de las enfermedades no debemos perder de vista el proceso histórico en que el hombre y las sociedades han devenido hasta la actualidad. Que no solo es dinámico el proceso patológico de un individuo particular o su aparición en una comunidad determinada, sino que la aparentemente estática constitución biológica (o genética) de los individuos es en realidad  también un proceso cambiante (McClintock, 1984), producto de sus evoluciones filogenéticas y ontogénicas, de continuas interacciones “biología-medio” de sus antecesores y de los propios sujetos analizados (Cordón, 1981). Teniendo en cuenta estas premisas, es esencial conocer y estudiar los procesos genético, bioquímico, celular, etc., origen o causa interna de la lesión en el sujeto de estudio. Pero abandonar el estudio aquí, como ocurre en muchas ocasiones en la investigación y práctica médico-asistencial, deja inconcluso el análisis, ya que sobre ese organismo biológico actúan o han actuado los determinantes del medio, causantes externos de la lesión. Por tanto, indagaremos en las agresiones que en los distintos niveles externos influyen en los individuos (¡o han actuado en sus progenitores!), aquellas que parten del medio familiar, laboral, social o geográfico –incluida las características climáticas-, aceptando que conforme el nivel donde estudiemos los posibles determinantes sea más amplio afectará a grupos de población más numerosos. Y que al plantear las intervenciones éstas no deben limitarse únicamente a reparar la lesión sino, especialmente, deben dirigirse sobre dichas causas en todos los niveles en que están actuando, siendo conscientes de que muchas de nuestras prácticas deben implicar el responsabilizar a los auténticos causantes del problema, incluidos los gobiernos que defienden y reproducen determinados sistemas económicos.

Por tanto, en el avance de la comprensión de los procesos patológicos éstos deben ser entendidos de forma holística e integrada, que se enfrente a la fragmentación y especialización en la que han caído, entre otras, las ciencias médicas y de la salud. Así nos lo recuerda el afamado biólogo evolucionista, Faustino Cordón, hace ya un tiempo: “…..la investigación biológica ha caído cada vez más en la especialización, con todas sus características positivas y negativas; ha progresado mucho el análisis detallado de lo muy pequeño y que está en la intimidad de los seres vivos…pero por otro lado ha producido la fragmentación del conocimiento…se ha abierto un abismo cada vez mayor entre las teorías científicas parciales, especializadas y el pensamiento general…..” (Cordón, 1983).

La epidemiología se encuentra, en este sentido, en una situación privilegiada, aunque también de mayor responsabilidad para, a través de su desarrollo teórico, defender esta integración necesaria. Sin embargo, no deja de ser una ciencia más en su contribución de avanzar en el conocimiento de los problemas de salud de las poblaciones. La interdisciplinariedad de las intervenciones deben basarse en investigaciones multidisciplinares (Cruz-Rojo, Rodríguez-Iglesias, Olvera,  y Álvarez-Girón, 2003; Krieger, Löwy, Aronowitz, Bigby,  Dickersin, y Garner, et al., 2005) que involucren a los profesionales de distintas ramas de la medicina y de otras ciencias en el proceso de comprensión de las enfermedades y avanzar no solo en el  entendimiento de éstas sino también en el conocimiento general, lo que Cordón llamaba “…progreso del pensamiento teórico (a la búsqueda de la ley)..”, porque, continuaba diciendo, “…desentrañar los procesos de los seres vivos debe considerar la observación del interior de dicho ser vivo para aportar luz al conocimiento de éste, pero esta luz solo puede lograrse enfocando estos procesos parciales en la debida perspectiva del proceso general de los seres vivos y de la biosfera terrestre” (Cordón, 1983).

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Una respuesta hacia “EL PENSAMIENTO CAUSAL EN EPIDEMIOLOGÍA.”

  1. Wow, this piece of writing is nice, my younger sister
    is analyzing these things, therefore I am going to let know her.

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