Cuento de la Mariposa y el Cangrejo

Rebuscando entre las cosas más íntimas de la casa  de la “Abuela Mercedes”, que tras su muerte se ha ido deshojando poco a poco de sus grandes y pequeñas hojas, encontré los escritos de su hijo Lolo, cuando estaba “guardado”, hace ya más de 25 años.

 1. Cuento: La Mariposa y el Cangrejo

Un día quise ver el mar. Hacía mucho tiempo que no veía reflejado en su espejo el dulce movimiento de mis alas. Así que una mañana me elevé en el aire para ver si me hallaba lejos de la costa y con gran sorpresa pronto divisé unas lomas blancas de cristalitos brillantes y por encima de ellas unos puñaditos de rocas saladas que emergían del mar. Comencé a batir mis alas de polvo de azúcar en aquella dirección mientras unas brisas de algas y salitre me inundaba de alegría.

 Después de descansar unos segundos en las ramitas de un pino enano, traspasé las dunas y me extasió la majestuosidad del mar (con su manto de plata-azul y sus ribetes de encaje blanco cuando en la orilla rompían las ruidosas olas). Siempre en continuo movimiento, siempre constante y farandulero.

 Mientras pensaba esto, había dejado a un lado los puñaditos de rocas y me deslizaba por la orilla, apenas sin mover mis alas, para no perder palabra de la belleza y la armonía con que me hablaba. No me di cuenta que encima de mí se colocaron en formación cuatro nubes negras con cara de enfado y con sus mejillas infladas dispuestas a resoplar y escupir por un terrible dolor de muelas que la martirizaba. Observé que el manto marino se oscurecía como si un sin fin de rayas se hubieran dado las manos para jugar al corro, y, presagiando el peligro, giré bruscamente en el aire. Pero mi intento de huida fue inútil.

 Gotitas dispersas como un vendaval me lanzó a una velocidad increíble contra las rocas cercanas, reboté en ellas y caí al mar desvaneciéndome. Sin duda hubiera muerto ahogada a merced de la tormenta, pero la suerte quiso que al chocar contra las rocas se desprendiera una piedrecita. Esta comenzó a rodar y no paró hasta interrumpir el dulce sueño de un cangrejo, el cual se sobresaltó, se irguió sobre sus ocho patas peludas y aún pudo ver a mi cuerpo inerte antes de que cayera al mar.

 El cangrejo, que jamás había visto a un ser tan esbelto y delicado con tan grandes alas decoradas con motas de carmín, abandonó su habitual pereza y corrió y nadó, aguijoneado por la curiosidad natural por la belleza, hasta que llegó junto a mí. Se sumergió en el agua y volvió a la superficie con mi cuerpo desmayado en su brillante caparazón.

 El cangrejo regresó a las rocas y me ocultó en una cueva hasta que las nubes se aliviaron y marcharon. Una vez que el sol brilló de nuevo y sus rayos inundaron el interior de la cueva, el cangrejo me sacó a una piedra grande y plana para que la brisa me despertara y el Sol secara mis mojadas alas.

 Abrí los ojos y noté mi cuerpo húmedo y pesado. Parecía como si la sal depositada al evaporarse el agua lastrara mis alas y sus minúsculas agujas las fijaran a la piedra inmovilizándome. Miré a mí alrededor y vi moverse un montoncito de algas. Me sorprendí e hice un esfuerzo para incorporarme, inesperadamente una voz ronca surgió de las algas:

 – No te vayas por favor. Soy yo, el Cangrejo, y te traigo este oloroso colchón para que reposes y descanses en él.

             Y terminando de hablar apareció de entre las algas un hermoso animal. Tenía dos grandes pinzas y ocho patitas todas llenas de vello moreno, su boca era pequeña para tan bronca voz, y su cuerpo era fuerte y bronceado. Jamás había visto a un cangrejo y alguna vez oí hablar al Ser Humano de su vida y sus costumbres, pero nunca me imaginé que fuera tan robusto y bello.

– Hola -le saludé confusa- ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Podré volar de nuevo?

             Entonces el cangrejo me contó cómo se arrojó al mar para rescatarme y cómo me ocultó en su cueva mientras aguardaba a que la tormenta cesase. Me llevó al aire libre para que me secara y entre tanto marchó a buscar algas para que descansara y sanara embriagada por su suave olor, pues no dudaba que éste haría cicatrizar mis alas resecas y agrietadas. A continuación me preguntó:

– Ahora que ya sabes lo que te ha ocurrido esta mañana ¿no podrías decirme tu nombre?

– Mariposa me llamo – le conteste yo.

– Mariposa, Mariposa,….-comenzó a repetir mi nombre suavizando su ronca voz-…jamás imaginé que existiera un nombre tan melodioso. Mariposa,… Mariposa,… ¿sabes? Me encanta tu nombre. El día que tenga una hija le llamaré Mariposa…Sí, eso haré.

             Logré aguantarme unos segundos, pero no pude más y terminé con una gran carcajada que me hizo estremecer. Sabía que mi nombre y mi figura había sido objeto de inspiración por los Humanos para construir baladas y canciones pero nunca pensé que un animal como el cangrejo fuera capaz de hablar de esa forma tan romántica que en su boca pequeña producía una gran timidez.

             El cangrejo, agitando sus pinzas en el aire, se mostró confuso ante mi desairada risa.

 -¿De qué te ríes, Mariposa? ¿Te burlas de mí?

 -No me burló de ti, Cangrejito -le dije ya más serena-, pero es que has dicho cosas graciosísimas. ¿A quién se le puede ocurrir ponerle a un cangrejo el nombre de Mariposa? ¿No lo encuentras divertido?

 -Pues no le veo la gracia -me contestó el cangrejo muy serio-. Si a mí me gusta ese nombre, ¿quién puede impedirme que llame así a mi hija?, ¿eh? Jamás he oído que eso esté prohibido.

             Me quedé un rato pensativa y las palabras no me salían de la boca por la confusión que me produjo su obstinación y sus preguntas tan sentidas y extrañas. Al fin le dije que tenía razón, que quizá no fuera tan extravagante su propósito y que no se enfadara conmigo, aún estaba un poco aturdida por mi caída al mar.

 Al oír mis palabras se puso muy contento y se apresuró a prepararme un lecho de algas como jamás ningún ser habría soñado poseer. Una vez hubo terminado me recogió de la piedra muy lenta y suavemente con sus dos pinzas cerradas y me puso sobre el lecho de forma tan cuidadosa que me enternecí.

 -Bueno, ahora que estás cómoda -me dijo- podemos conversar un rato. Siempre que puedo no desperdicio ocasión para que alguien me hable de paisajes y animales lejanos. Como habrás podido comprobar los cangrejos somos rudos, ignorantes, casi primitivos, pero el contacto con el Ser Humano nos ha convertido en unos grandes curiosos y hemos aprendido algo de él. A menudo vienen hombres y mujeres a estas rocas y lo que más me fascina es esconderme en alguna cueva cercana y ponerme a oír sus palabras humanas que evocan recuerdos de montañas gigantes con sus caperuzas nevadas, bosques inmensamente verdes y sombríos, hilos de riachuelos veloces que disputan carreras entre sí para ver quién descansa antes en la paz de un largo que es un trocito de cielo; en fin, palabras que evocan tantas cosas que nunca podré ver y admirar… Tú que tienes alas y puedes desplazarte con el viento, seguro que habrás visto esas maravillas. Háblame de ellas, me harías tan feliz…

 – Claro que sí, Cangrejo -le dije yo-, pero no debes quejarte de tu suerte. Cualquiera de nosotras, las mariposas, daría una de sus alas por poder vivir junto al mar, y esconderse en las rocas, y sumergirse y andar por el fondo del mar, y ser amigos de los peces, y cultivar algas, y nadar hasta agotarse para luego tumbarse en la arena caliente hablando con el Sol y yo qué sé, tantas y tantas cosas que los humanos hablan del mar… no entiendo cómo te puedes quejar. Además, en el océano también existen montañas, y muchos ríos también se afanan por descansar en él, y se puede contemplar el vuelo elástico de las gaviotas…

 – Tiene razón, Mariposa -me contestó el Cangrejo-, pero vivir siempre aquí sabiendo que en la Tierra existen otros lugares tan maravillosos me entristece, no lo puedo remediar.

 – Entiendo tu tristeza, Cangrejito, porque igual me sucede a mí. Yo también envidio al hombre. Él es el único que puede subir a las más altas montañas y bajar al oscuro y fascinante fondo del mar. De verdad que envidio al ser Humano.

 Durante unos minutos permanecimos en silencio. El día se estaba acabando. El Sol comenzaba a bañarse para aliviarse el calor de la mañana y la tarde, y movía sus brazos y piernas agitadamente porque el agua estaba muy fría. Para que no le causara tanta impresión se fue sumergiendo poquito a poco y ya el mar le cubría sus rodillas. Unos tenues algodoncitos anaranjados se alejaban asustados de las nubes negras que volvían rabiando de dolor. El cielo corría su cortina opaca para que la Luna no desvelara su sueño. La diosa Venus observaba su lento movimiento. ¡Y pensar que el Ser Humano besará un día el manto de la diosa!, exclamé para mí por no turbar nuestro silencio.

 – ¡Ya lo tengo! -gritó de pronto el Cangrejo saltando sobre sus patas delanteras y aplaudiendo con sus pinzas- ¡Ya tengo la solución! Tú misma ha dicho lo que es preciso hacer. Te quito un ala y me la pongo yo, y de esta forma yo podré volar, aunque sea a trancas y barrancas, y tú podrás sumergirte en el mar sin que te estorbe tanta superficie de ala. ¿No es una gran idea?, ¿eh? ¿No es una idea genial, Mariposita?

 Y se puso tan contento que comenzó a llorar de alegría y a dar brincos y volteretas mientras exclamaba “¡Hurra! ¡Hurra! ¡Ya seremos como los Humanos! ¡Hurra!”. Desgraciadamente me contagié de su alborozo y sin pensarlo dos veces grité:

 – ¡Tienes razón, tienes razón! ¡Seremos como los Humanos! ¡Qué suerte! ¿Cuándo nos transformamos?

 – ¿Cuándo dices? –preguntó el Cangrejo- ¡Ahora mismo!, cuanto antes, mejor.

– Sí, ahora… ¿por qué no? Venga, quítame un ala que ya estoy deseando bañarme con los últimos rayos del sol; el quejita aún no se ha mojado los hombros.

             Y el Cangrejo se acercó a mí, cogió con sus pinzas una de mis alas y antes de arrancarla me dijo:

 – ¿No te haré daño, Mariposita?

 – No seas tonto –le contesté- además ¿qué puede significar un dolor pasajero comparado con  la alegría eterna? ¡Venga rápido!

             El Cangrejo arrancó una de mis alas. La puso sobre su caparazón y el viento se la llevó. Mientras corría a recogerla me arrastré sobre mi vientre y me zambullí en el mar.

             Cuando volvió el Cangrejo con mi ala me vio medio ahogada agarrándome desesperadamente a una piedra para no caer de nuevo al mar. Me rescató y me llevó al lecho de algas. De pronto me di cuenta de nuestro error y me eché a llorar. El Cangrejo, aún esperanzado, me dijo:

 – No llores, Mariposa, no llores. Esto siempre pasa al principio. Hasta que no te acostumbres no podrás bucear como yo. ¡Por valiente tontería estás llorando Fíjate en mí, he fracasado la primera vez y sé que no puedo apenarme por ello. Comprendo que tu ala no se fijará en mi espalda así como así…, se necesita una práctica, una costumbre,… Ahora verás cómo lo intento otra vez…

             El Cangrejo volvió a poner mi ala sobre su caparazón y el viento se la llevó. Corrió en su busca. Esta vez en dirección a la playa y nunca más volvió.

                                    ****************************

 Al amanecer se acercó un Ser Humano con el Cangrejo muerto en una mano. Según comentaba con un acompañante le había encontrado muerto medio enterrado en la arena de las dunas y muy cerca de él, en la ramita de un pino enano, podía verse el ala de una mariposa enredada entre sus afiladas hojas.

 – ¿Y por qué lo has cogido si está muerto? –le preguntó.

 – Para arrojarlo al mar; a lo mejor resucita allí de donde nunca debió salir… Quién sabe…

             Y ya se disponían a alejarse cuando el segundo Ser Humano me vio y se sorprendió de hallar una mariposa con una sola ala sobre un lecho de algas. Se acercó y exclamó:

 – ¡Mira allí! ¡Qué cosa más extraña! Y parece que aún está viva… – y pensó: “¿será ella la responsable de la muerte del cangrejo?”.

– No –habló meditando el Ser Humano, como contestando al pensamiento de su acompañante-. El cangrejo murió porque deseaba volar por encima de todas las cosas… Quién sabe… Algún día el cangrejo volará…

             Los dos Seres Humanos se sentaron y conversaron. Se fueron. Llegaron otros y se marcharon también. Así, de forma ininterrumpida pasaron ante mí seres humanos de las más variadas clases y condiciones. Oí sus extrañas palabras humanas y logré captar el sentido del Mundo.

             Cometimos la terrible equivocación de querer parecernos al Ser Humano. Solo él puede subir a las más altas cumbres y bajar a los abismos del mar. He oído decir que el Ser Humano no es libre todavía, aún no es feliz. Cuando se dé cuenta de que forma parte de todo lo que le rodea y que no le pertenece y que su libertad consiste en poder ser a la vez Mariposa y Cangrejo, entonces, quizá, muchos serán capaces de sacrificar una de sus alas o de enterrarse en las arenas de una duna. Cuando el Ser Humano se sienta parte de la naturaleza, la Naturaleza toda se alegrará.

             Ya no podré volar por los campos de amapola en amapola y jugar con los niños a cazar mariposas, pero mi mente volará por mí, y algún día, cuando el Ser Humano se sienta Ser Humano y su Libertad deje de ser una obsesión y una meta, entonces, me llevarán en sus naves interestelares y al fin podrá besar el manto de la Diosa Venus.

 FIN

  Soria, 21 de Diciembre de 1983

3 comentarios to “Cuento de la Mariposa y el Cangrejo”

  1. Puede una mariposa ser Nema, con una sola Ala? Debe ser una mariposa tragicómica…..O bipolar….

  2. Saludos. He ojeado tu blog y me parecio muy interesante. Te invto a conocer el mío. Trata sobre salud, desarrollo personal y solidaridad. Espero seguir en contacto.

    http://www.itsmyownworld.wordpress.com

  3. k leendO kuento ami mama le fasina ii muii bin echo muxaz FELICIDADES !!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: