LA ECOLOGÍA DE MARX (2ª parte)

John Bellamy Foster. La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. Barcelona: Ediciones de Intervención Cultural/El Viejo Topo; 2000

ecologiamarx

En el apartado del libro TEORÍA DE MARX DE LA FRACTURA METABÓLICA, John B. Foster nos señala que la crítica que hace Marx de la agricultura capitalista, así como su contribución al pensamiento ecológico, debe entenderse en el contexto de la segunda revolución agrícola[1] que tuvo lugar en su época. Tanto Marx como Engels hacían referencia a cómo esta revolución científica se asociaba con J. von Liebig y rebatían los miedos malthusianos acerca de la escasez de alimentos para una población creciente.

Foster nos documenta ampliamente sobre la influencia que Liebig tuvo en Marx y cómo tras su estudio cuidadoso éste desarrolló una crítica sistemática de la “explotación” capitalista del suelo. Así, en el tomo III de El Capital, explica de qué forma la industria y la agricultura a gran escala se combinaban para empobrecer el suelo y al trabajador, que se resume en el notable pasaje final de “La génesis de la renta capitalista del suelo”: El latifundio reduce la población agraria a un mínimo siempre decreciente y la sitúa frente a una creciente población industrial hacinada en grandes ciudades. De este modo da origen a unas condiciones que provocan una fractura irreparable en el proceso interdependiente del metabolismo social, (…). El resultado de esto es un desperdicio de la vitalidad del suelo, que el comercio lleva más allá de un solo país…la industria a gran escala y la agricultura a gran escala explotada industrialmente tienen el mismo efecto. Si originalmente pueden distinguirse por el hecho de que la primera deposita desechos y arruina la fuerza de trabajo, y por tanto la fuerza natural del hombre, la segunda hace lo mismo con la fuerza natural del suelo, …(Páginas 949-950. Tomo III de El Capital).

En el siguiente apartado del libro: EL ANÁLISIS QUE HACE MARX DE LA SOSTENIBILIDAD, el autor continua aportándonos citas memorables del Capital de Marx: El modo en el que determinados cultivos dependen de las fluctuaciones que se producen en los precios de mercado, y los constantes cambios en los cultivos con estas fluctuaciones de precio -todo el espíritu de la producción capitalista, que se orienta hacia los beneficios monetarios más inmediatos- está en contradicción con la agricultura, que debe preocuparse de toda la gama de condiciones permanentes de la vida que requiere la cadena de las generaciones humanas (Página 7754 del tomo I de El Capital).

Foster en su investigación minuciosa nos dice que esta idea de “la cadena de las generaciones humanas”, la había encontrado Marx a principios de la década de 1840 en Proudhon y nos señala cómo captaba la esencia misma de la actual noción de desarrollo sostenible, definida por la Comisión Brundtland[2] en 1987 en su informe para la ONU.

Marx expresa en otro punto esta misma idea esencial, “el trato consciente y racional de la tierra como propiedad comunal permanente” es “la condición inalienable para la existencia y reproducción de la cadena de las generaciones humanas”. Así, en otro pasaje verdaderamente esclarecedor de El Capital escribe Marx: Mirada desde una formación socioeconómica superior, la propiedad privada de la tierra en manos de determinados individuos parecerá tan absurda como la propiedad privada que un hombre posea de otros hombres. Ni siquiera una sociedad o nación entera, ni el conjunto de todas las sociedades que existen simultáneamente son propietarios de la tierra. Son simplemente sus posesores, sus beneficiarios, y tienen que legarla en un estado mejorado a las generaciones que les suceden, como boni patris familias [buenos padres de familia] (Página 911 del tomo I de El Capital).

En el apartado HACIA LA SOCIEDAD DE PRODUCTORES ASOCIADOS, Foster nos muestra las propuestas de Marx, y también de Engels, sobre la necesidad de trascender esta forma de alienación de la naturaleza en la que se basaba el capitalismo a través de una propuesta de sociedad futura donde se produjera una síntesis superior entre la ciudad y el campo. Dicha alienación de la naturaleza se desarrolla en las dos últimas partes del Tomo I de El Capital, donde Marx alude a leyes de la población, pero a unas leyes que difieren enormemente de la forma trashistórica (y esencialmente no evolutiva) que adoptan en la teoría de Malthus; al aumento de la polarización entre las clases de la población, la separación antagónica de ciudad y campo (que se reproduce a escala mundial al convertirse algunos países en meras fuentes de alimentos, en origen de materias primas para el desarrollo industrial del centro del sistema). Señalando que bajo el régimen artificial del capital, es la búsqueda del valor de cambio (es decir, del beneficio), en vez de la atención de las necesidades naturales, universales, auténticas, lo que constituye el objeto, el motivo, de la producción. La extrema polarización resultante entre una riqueza que no conoce límites, en uno de los polos, y una existencia alienada, explotada, degradada, que constituye la negación de todo lo más humano, en el otro, crea una contradicción que, cual línea de dislocación, recorre todo el sistema capitalista.

En el último capítulo del libro LA BASE DE NUESTRA VISIÓN EN LA HISTORIA NATURAL, Foster hace un repaso de las aportaciones que los materialistas pasados y contemporáneos de Karl Marx –desde Epicuro y el poeta Lucrecio, pasando por Darwin, Tyndall o Huxley- realizaron contribuyendo de forma decisiva al conocimiento de los fenómenos naturales y, en definitiva, al desarrollo de todas las ciencias (y no solo de la ecología).

El autor analiza minuciosamente los estudios de Tyndall[3], que nos muestra cómo Epicuro, a través de Lucrecio, había aportado la esencia de la visión científica moderna en su forma de tratar los átomos y el vacío y en su reconocimiento de que la materia no puede ser creada ni destruida. “La concepción imprecisamente grandiosa [de Epicuro] de los átomos cayendo eternamente a través del espacio, sugirió a Kant, que fue el primero en proponerla, la hipótesis nebular”. No cabe duda de que los atomistas antiguos no tenían noción alguna del magnetismo ni de la electricidad, y no tenían, por tanto, modo de entender las fuerzas moleculares con sus polos de atracción y repulsión. La base inicial para los descubrimientos de Julius R. Mayer y otros científicos del siglo XIX respecto a la conservación de la energía se estableció de acuerdo con la idea de la indestructibilidad de la materia, tan claramente anunciada por los materialistas antiguos.

Foster también hace un despliegue excepcional de la figura y contribuciones científicas de Darwin y su relación con Marx. Nos cuenta cómo Tyndall consideraba el gran logro de Darwin, el de tras haber considerado todos los detalles que supuestamente habían constituido las pruebas de los teleologistas, “rechaza [no obstante] la teleología y trata de referir todas esas maravillas a causas naturales”. Sin embargo, según Tyndall, el problema que Darwin no abordó era ¿de dónde surge la vida si no proviene de un Creador?, insistiendo en la visión de Lucrecio de que “Se ve a la Naturaleza hacer todas las cosas espontáneamente por sí misma, sin la intromisión de los dioses”.

El autor nos señala que Tyndall aunque alcanzó fama por contribuir, junto con Pasteur, a la definitiva crítica científica de la generación espontánea, insistió, no obstante, en numerosas ocasiones en que, en el profundo abismo del tiempo, la vida había surgido a partir de la materia, y que sus orígenes estaban relacionados con los del sistema solar, que debía explicarse mediante la hipótesis nebular de Kant y de Laplace. Había surgido, así pues, en un momento dado, a partir de la no vida, aunque las condiciones que hicieron posible tal surgimiento formaban parte de la historia del sistema solar y no perduraban ya. Siguiendo con su análisis de las contribuciones científicas de estos pensadores profundamente materialistas, Foster nos detalla que cuatro años antes, Huxley[4] había adoptado una postura similar (y presentaba sorprendente semejanza en líneas generales con las opiniones científicas que se mantienen hoy), en su Discurso Presidencial a la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, donde afirmó: “Si me fuera dado mirar más allá del abismo del tiempo geológicamente registrado, al período todavía más remoto cuando la tierra estaba pasando por condiciones físicas y químicas que ya no pueden volver a ver en mayor medida de lo que un hombre puede recordar su infancia, esperaría ser testigo de la evolución del protoplasma vivo a partir de la materia no viviente”.

Dejaremos para el epílogo de este apasionante libro el nexo de unión de estos descubrimientos científicos con las contribuciones de Karl Marx a la ecología y las aportaciones de autores posteriores a él.


[1] La segunda revolución agrícola se produce, según nuestro autor, entre 1830 y 1880 y se caracterizó por el crecimiento de la industria de los fertilizantes y el desarrollo de la química del suelo asociado a la obra de Justus von Liebig. El punto de inflexión de esta segunda revolución agrícola fue el encargo que la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia hizo a Liebig, en 1837, de un trabajo sobre la aplicación de la química a la agricultura, y la publicación en 1840 del libro de éste “Química agrícola”.

[2] La Comisión Brundtland define el desarrollo sostenible como “el desarrollo que satisface a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones de satisfacer sus necesidades”.

[3] John Tyndall, físico del siglo XIX, autor de “Fragments of Science” (Nueva York, 1892).

[4] Thomas Huxley, biólogo y, autor de “Evidence as to Man’s Place in Nature” (Nueva York , 1863).

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